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Reconciliación

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CAMINOS DE RECONCILIACIÓN

Recorro con frecuencia los escenarios madrileños en los que viví la guerra, situados en la zona más conflictiva como era el sector central de la capital, donde la actuación de los grupos de izquierda fue más intensa antes y durante la contienda.

Mis familiares eran de convicciones opuestas, aunque nunca tuve la sensación de que ello influyera de manera importante en sus relaciones normales. Mis padres eran de creencias religiosas firmes, mientras un hermano de mi madre fue activista significado en el Madrid de la guerra, y otro tío se ofreció como combatiente en las filas republicanas.

Finalmente, mi padre fue fusilado, uno de mis tíos falleció en un campo de concentración alemán, y el tercero cayó en el frente de Brunete.

Al rehacer ese itinerario, recuerdo las locas carreras que protagonizaba, con otros niños de la vecindad, en busca de la boca de Metro más próxima para refugiarnos cuando las sirenas anunciaban la proximidad de los aviones. No siempre llegamos a tiempo, y en una de esas ocasiones, en la tarde del 24 de diciembre del 36, una hermana mía, de 13 años, quedó para siempre sobre el asfalto. También ella se encuentra hoy, sin identificar, en los osarios del Valle.

 

Familias que vivieron el perdón

Las huellas dejadas por la contienda sobre la tierra y el espíritu de España fueron tan profundas como unos saben y otros intuyen. Entre otras cosas, creció el hambre y la carencia de casi todo: volví a recorrer las calles, cupón en mano, en busca de los alimentos sólo asequibles con él. Vino también la represión, y también el perdón.

Recuerdo el testimonio oral de uno de los mejores conocedores de la anterior represión republicana en Madrid: muchos cientos de personas juzgadas por delitos de sangre fueron salvados en última instancia por la negativa de los familiares de los asesinados a afirmar la identidad de los acusados, a pesar de haber sido testigos directos de las detenciones. Puestos en el trance de testificar bajo juramento, se las ingeniaban para evitar mentir sin denunciar al que habían reconocido como responsable de esa muerte.

Tampoco a mi madre le oí nunca una sola palabra de reprobación, ni hacia quienes le habían arrebatado al esposo y padre de sus hijos, ni hacia los familiares que habían militado en el otro bando.

El mensaje de los mártires no es otro que el del perdón: que donde antes había enemigos, ahora hay hermanos. Es el mismo legado que el del Valle de los Caídos.

 

Ni de un lado, ni del otro

Pasados los años, llegué hasta aquí con otros hermanos de la abadía de Silos. Puede ser oportuno decir que la presencia de los monjes en el Valle no nos sitúa de un lado, como algunos podrían interpretar. Sería más exacto decir que nos hemos colocado entre unos y otros.

Por nuestra participación desde hace quince siglos en la historia de Europa, en la que hemos sido testigos de todos sus avatares y en la que hemos contribuido a poner los fundamentos del orden espiritual y social, los monjes conocemos lo precario de todas las situaciones históricas y el valor primario invariable que los factores espirituales tienen en los acontecimientos humanos.

Fue esta perspectiva la que nos indujo a aceptar nuestra presencia aquí. O, más bien, la que convenció a la Iglesia a aceptar en su nombre esta presencia de los monjes. Lo cual ponía en el primer rango de la visión del Valle la dimensión religiosa.

Pero ello no cambiaba su signo propio, sino que lo asumía, confirmando así la eminente realidad espiritual del monumento y trascendiendo, sin borrarlas, sus connotaciones históricas. Porque no se trata de ignorarlas, sino de considerarlas como exponente de la situación de vértigo en que una sociedad puede entrar cuando se apodera de ella una alucinación iconoclasta de sus bases sociales y morales.

La dimensión religiosa enlaza con la visión cristiana de la reconciliación, a la que el Valle sirve por definición legal y por convicción de sus fundadores, civiles y eclesiásticos. Algo que permanece grabado en las piedras, en los textos y en los corazones de quienes servimos diariamente a esa tarea.

Lo hacemos primordialmente en el contexto teológico en que la verdadera reconciliación puede tener lugar:Por la sangre de Cristo, en el que los dos pueblos han visto derribado el muro que los separaba, hasta formar con ambos un solo cuerpo mediante la Cruz (cf. Ef 2, 13-16).

 

A su sombra, en el Valle, nosotros proclamamos: Él es nuestra paz.

Desde mi experiencia familiar, me gustaría acentuar que el espíritu de concordia debe sobreponerse a las diferencias secundarias, a fin de cimentar nuestra identidad como pueblo sobre las raíces espirituales y culturales comunes.

 

 Anselmo Álvarez, OSB- Abad de la Abadía de la Santa Cruz del Valle de los Caídos

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