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HÉROE

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No es lo mismo creer en Dios que no creer en Dios.

Nuestra juventud se enfrenta cada día con más virulencia a la idea de que el ateísmo, en cualquiera de sus múltiples manifestaciones, es una opción de vida inicua para el desarrollo personal y la felicidad que todos buscamos realizar ya en esta vida.

Y es que sin Dios no hay Ley Natural que fundamente la dignidad todo ser humano.

Sin Dios no hay sentido trascendental de la vida y del propio ser humano.

Sin Dios no hay esperanza en vida eterna.

Sin Dios no hay una fuente de amor sobrenatural que nos garantice la vocación común en el bien y la felicidad.

Desde los parámetros juveniles puede presentarse como fácil prescindir en un proyecto de vida personal de Dios, de la Ley Natural, de la dignidad humana y de la vida eterna. Es más la ideología y corriente predominante hasta hace ver a la juventud que es conveniente prescindir de tales elementos que son presentados como intentos fracasados de fundamentaciones pasadas.

La realidad se presenta muy distinta cuando los años van pasando y el proyecto de vida sin Dios se va frustrando.

Quizás sea necesario que el fracaso de una generación de muestra a la siguiente de la necesidad de fundamentar la vida en una roca para que la construcción, que se dispone desde la juventud realizar, no se desmorone con el paso del tiempo y el embate de las tempestades.

Ser cristiano hoy para un joven es un reto desproporcionado. Desproporcionado porque para a los ojos de las corrientes y modas sociales los beneficios son bien pocos y los inconvenientes incontables. Pero esta desproporción es la que nos permite considerar hoy al joven cristiano, comprometido con su fe, con sus raices, con su identidad familiar, religiosa y católica, como un héroe, un cuasi mártir social.

Ver comulgar cada domingo a un joven, después de las tempestades y vientos que lo habrán azotado a lo largo de la semana, es para mí muestra más que suficiente de que Dios está con él; de que Dios realmente existe y se manifiesta tangíblemente entre nosotros; de que realmente la vida vale la pena vivirla en la plenitud de un sentido que solo la trascendencia divina a la luz del Evangelio de Cristo puede dar hoy, ayer y siempre, a culesquiera alma que se precie de ser verdadera y plenamente humana.

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